A Colombia llegan anualmente 530 especies migratorias

Marzo 09 de 2012

Tomado de El Tiempo

Por: JAVIER SILVA HERRERA

Flamengo
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Cuando hablamos de especies migratorias, ballenas y aves se roban el show.

Las más famosas son las ballenas, que todos los años, desde agosto, se toman por su cuenta las aguas del Pacífico, luego de un viaje de 9.000 kilómetros desde la Antártica.

También las aves, que llegan a los humedales de la Ciénaga Grande de Santa Marta, o incluso a los de Bogotá, luego de salir de Norteamérica, Chile o el Polo Sur guiadas por un GPS simple: las estrellas.

Ninguna mide riesgos al escoger al país como destino. Para ellas hay que visitarlo porque está ahí, y lo único que les importa es pasar una buena temporada en medio de un clima mucho más amable que el austral o el boreal, con agua tibia para dar a luz (en el caso de las gigantes marinas) y con comida en abundancia que sirva para recuperar energías.

Siempre se ha dicho que el país es un territorio megadiverso, al punto de que el 10 por ciento de los animales del mundo vive aquí. Por eso no es extraño que también sea el 'hogar de paso' de medio millar de especies migratorias, 530 especies que cruzan una y otra vez la frontera a su libre albedrío y otras que se mueven de un extremo a otro del territorio nacional.

Hay una etiqueta que sirve entonces para resumir esa particularidad de nuestra biodiversidad y que el Banco de Occidente usó para titular su más reciente libro dedicado al medioambiente nacional: Colombia, paraíso de animales viajeros.

Según este estudio, que sustenta la fundación Marviva con dos de sus principales investigadores, Juan Manuel Díaz Merlano y Carolina García Imhof, en el país se mueven como nómadas, en espacios amplios y en momentos extendidos en el tiempo -características que las hacen realmente migratorias-, 39 especies de insectos, 174 de peces, 275 de pájaros, 28 de murciélagos, 8 de mamíferos acuáticos y 6 de tortugas. 

Díaz explica que el movimiento para estos seres es sinónimo de supervivencia. De no ser así, no podrían comer, reproducirse ni colonizar nuevos territorios. Por eso tienen alas, aletas, son aerodinámicos o livianos.

"Los hombres ven el movimiento animal en términos competitivos, es decir, como la mayor distancia recorrida o la máxima velocidad. Le decimos perezoso a un oso, o lenta a una tortuga de tierra, por la agilidad que notamos, pero esa velocidad y los alcances de sus desplazamientos son suficientes para ellos a la hora de sobrevivir comiendo frutos o para esconderse en la hojarasca", agrega Díaz en el documento. 

Pero hay animales que no ahorran esfuerzos para ir de un lugar a otro, como las tortugas marinas, de las que solo una de cada diez alcanza a escaparse de los depredadores o de la contaminación del mar causada por el hombre, para volverse adulta. 

Por el Caribe de Colombia pasan especies de tortugas como la caguama o la verde, por el Pacífico se ven la negra y la golfina, y por ambas costas están la carey y la laúd, esta última con varias plusmarcas: alguna vez una fue identificada en Guyana y, 28 días después, fue hallada en la isla de Terranova (Canadá), a 11.000 kilómetros de distancia. Y la tortuga verde, por ejemplo, que se mueve por La Guajira, no pone sus huevos allí. Prefiere irse a nado hasta Costa Rica, para depositarlos en las playas del parque Tortuguero. Las tortugas siguen una teoría romántica: se desova donde se nace. Y por cumplirla se hace cualquier cosa, incluso ir a Gorgona y luego regresar al Índico.

Entre los peces, explica Carolina García, hay una migración notable: la que logran arenques y atunes, que salen de Brasil, pasan por Colombia y van hasta Newfoundland, en Norteamérica, en menos de 60 días. O la del tiburón martillo, que se mueve entre Gorgona, Malpelo, Coiba (Panamá) isla de Cocos (Costa Rica) y Galápagos (Ecuador), para buscar alimento. Hay otra que es para 'atletas de alto rendimiento': la que logra el bagre dorado, que permanece durante un tiempo en la parte baja del Amazonas, pero que deposita sus huevos en las cabeceras de los tributarios de ese gran río selvático, luego de un viaje de al menos seis meses y 5.000 kilómetros hasta su parte alta. 

Entre los insectos, hay mariposas y libélulas que migran por todo el continente, como la Pantala flavences, que incluso va hasta la isla de Pascua. 

Internamente, existen peces como bocachicos, nicuros, bagres y rubios, y los carismáticos delfines rosados y grises, que recorren el Orinoco y los afluentes de muchos sectores de la Amazonia. 

Pero tal vez hay un acontecimiento que podría ser el más espectacular: la migración del cangrejo negro de Providencia. Este pasa meses oculto en los bosques, pero a finales de abril, una larga estela de ellos atraviesa la carretera que rodea la isla para aparearse en la playa. Pasadas algunas semanas, las hembras, cada una con 85.000 huevos, liberan esa carga en el litoral, que al cabo de un mes y medio se llena de miles de cangrejitos, que, como garrapatas diminutas, se internan de nuevo en el bosque. 

Ya sabemos que muchos seres se mueven por sus propios medios, y otros, más limitados, también se las ingenian para lograrlo, como ciertas orugas, mariposas o arañas, a las que les basta posarse en una corriente de aire para llevar sus larvas o sus telas de una planta a otra. "Las migraciones demuestran que los esfuerzos de conservación deben ser binacionales o incluso globales, porque un animal que cuidamos en Colombia puede ser víctima de la falta de protección en otra nación", opina García. 

Hoy, a esta hora, la vida de muchas especies está en juego, y su instinto indica que hay que ir de un lugar a otro. El filósofo argentino Esteban Gerardo dice entonces que "una orden atávica, imperceptible para el oído del hombre, se propaga veloz a través de plumas y alas. Y miles inician la travesía.

Javier Silva Herrera
Redacción Vida de Hoy