Vuelven la barbarie y la carnicería

Enero 10 de 2012

Tomado de El Mundo

Autor: Rodrigo Pareja

Para significar que a veces ciertas cosas se hacen dizque con objetivos loables aunque los resultados finales sean adversos, la sabiduría popular suele decir que el infierno está empedrado de buenas intenciones.


Es lo que ocurre con la llamada temporada taurina, cuyos promotores, organizadores y realizadores se parapetan en un supuesto beneficio para el Hospital Universitario San Vicente de Paúl, entidad hacia la cual se canalizan los recursos -pocos o muchos- que deja el sanguinario espectáculo de los toros. Cultura ancestral que debe ser defendida y mantenida, según algunos.


Desde el sábado 21 de enero la plaza de La Macarena volverá a ser el epicentro de la barbarie, el salvajismo y la carnicería que unos pocos, para el inexplicable gozo de otros pocos, realizan en estos primeros meses del año.


Volverán a verse en el «albero macareno», como con tanta cursilería describen los periodistas interesados el entorno del sangriento lance, a damas y damiselas de primera, de segunda y de tercera, emperifolladas hasta el exceso, no para acudir a la muerte miserable del indefenso astado sino para despertar -así creen ellas en su fuero interno- la supuesta admiración o envidia de sus congéneres.


Todas en tropel lucirán la camiseta de marca; lo mismo el pantalón o la falda que gritan el último aullido de lo que llaman moda; el sombrero ultramoderno y más pintoresco y estrafalario para resguardar esa enorme inteligencia que las impulsa a disfrutar con la sangre y el dolor, y no podrán faltar las botas, botines, suecos, sandalias o zapatos que también le hagan ver a sus paisanas que las portadoras se encuentran un tantico más allá de lo que está en boga.


Y qué decir de los varones, muchos de ellos arribistas venidos a más, emergentes con suerte pasajera o los tradicionales ejecutivos que posan orgullosos en una barrera o contrabarrera de la que se ufanan como enorme conquista.


Estos también desentierran y desempolvan calzados especiales y vistosos; de pronto chaquetas de cabritilla o de gamuza que suelen ver la luz del día solo cada doce meses; camisas de último corte y moda, lo mismo que aparatosos sombreros y otros adminículos diversos para la testa.


Eso sí, todas y todos ansiosos de ser captados por la lente de cualquier fotógrafo, sea de algún medio de comunicación o de los avivatos que anualmente en enero hacen su agosto a costa de estos especímenes con afán de figuración.


Preferiblemente, si es de algún periódico en el que puedan aparecer después con un pie de foto y un insulso comentario donde se les describa como “gente bella”, “churro” o “señorial dama”.


A eso se reducen el salvajismo y la carnicería montados cada doce meses para que 20 o 30 veteranos que se quedaron viviendo en el pasado defiendan lo indefensable y con su verborrea y dialéctica mandadas a recoger, engatusen y consigan que unos cientos de neófitos en la materia, como irracionales amaestrados, les sigan la corriente, eso sí, con tal de poder ser actores secundarios de la mascarada anual.


Mientras en España avanzan con éxito movimientos que buscan eliminar el sangriento espectáculo, en Colombia subsiste la bárbara costumbre, apuntalada, dicen sus defensores, en que se trata de una tradición cultural de la madre patria que merece preservarse.


A estos tales les sugerimos que promuevan de ahora en adelante otros espectáculos atroces en los cuales el toro sea el indefenso protagonista, para que ahí sí puedan decir a boca llena que son defensores y sostenedores de la cultura y las mejores tradiciones españolas.


La Alcaldía decidió suspender cualquier publicidad para espectáculos en los cuales se maltraten animales, en una medida que recibió el respaldo de 18 de los 21 concejales de Medellín. ¡Ya era hora!